No siento las piernas. Jadeo por aire. Mis pulmones y garganta arden. Corre, corre, corre. Me mantengo pensando. Sólo tengo que correr. Aún cuando tengo barro hasta las rodillas, cuando estoy a campo abierto convirtiéndome en un blanco fácil, cuando mi corazón va a explotar en cualquier momento. Los árboles me ofrecerían protección si me internara en el bosque que se extiende a los lados del sendero por el que corro. Pero mi misión es seguir el sendero. Síguelo, síguelo, síguelo. La lluvia me cubre como una manta y el viento me congela el cuerpo bajo la ropa mojada. La niebla es densa y no veo mucho más allá de donde estoy. Los dientes me tiritan violentamente. Adrenalina pura corre por mis venas y me ayuda a no caer directamente en el barro. Entonces pienso que un poco de molestia en todo mi cuerpo o un resfriado valen la pena por salvar mi vida, ¿cierto? Escucho algunos gritos y chapoteos apurados sobre el lodo. Detrás de mí. Corre, corre, corre. No mires atrás, no mires atrás. Es el sonido de mi corazón. Lo que escucho es el sonido de mi corazón. Bum, bum, bum. El sendero gira a la izquierda tres metros adelante. Si sigo derecho me encuentro un acantilado. Lo sé. Reconozco la zona. Seguir el sendero, seguir el sendero. Hay un río debajo. "¡Detente!". No escuches, no escuches. Es el latido de mi corazón. Bum, bum, bum. Saco mi arma del cinturón, giro mi torso y disparo sin ver. No es que pudiera si lo intentara, la niebla me lo impide. Corro. Acelero, o eso le ordeno a mis piernas. "¡Detente!". Bum, bum, bum. Más voces. Bum, bum, bum. Debo cumplir la maldita misión. Grito, más fuerte que las voces, más fuerte que el latido de mi corazón, más fuerte que el viento en mis oídos, más fuerte que los truenos que retumban en el cielo. Corre, corre, corre. Llega la recta final, pocos pasos hasta el giro. Bum, bum, bum. Derechito y rápido. Bum, bum, bum...
buscando mi destino
lunes, 30 de diciembre de 2013
domingo, 8 de diciembre de 2013
Qué bonita es la familia
El siguiente relato es una tarea que me pidieron hace un tiempo para la escuela. Algo tenía que subir así que supongo que esto está bien.
Qué bonita es la
familia
Nadie
podía creer lo absurdo de la situación. Todo un equipo dedicándose al caso y
aún no descubrían al criminal.
Los
jóvenes Pablo y Carolina Fuentes, de diecinueve y dieciséis años
respectivamente, habían sido asesinados en la tranquilidad de su hogar durante
la madrugada de un miércoles nublado, mientras sus padres estaban de viaje.
Quien llamó a la policía fue su hermana menor de trece años, Valentina.
El
investigador a cargo, el detective Gutiérrez, pasaba sus tardes en la escena
del crimen, el living. Buscaba nuevas pistas y revisaba los datos ya
existentes. Nada faltaba o estaba fuera de lugar en la casa cuando llegaron.
Pablo estaba semi-sentado apoyado en una de las paredes del lugar con su cabeza
ensangrentada, y Carolina estaba tirada entre el televisor y el sofá con tres
heridas de cuchillo en el abdomen. En el borde de la mesa rectangular ubicada
en el centro de la habitación había una mancha de sangre perteneciente a Pablo.
Suponían que luego de haberse golpeado (o de que lo hayan golpeado) contra la
mesa, se había arrastrado hasta la pared, tal vez en un intento de levantarse y
defenderse. Ambos individuos estaban borrachos. La hermana menor testificó que
habían estado discutiendo porque Carolina quería ir a una fiesta que él había
organizado con sus amigos. Valentina bajó para pedirles que dejaran de gritar y
volvió a su habitación a dormir. Algunas horas después, cuando fue a la cocina
con un vaso para llenar con agua, pasó por el living y vio el desastre. Ese fue
el momento en el que llamó a la policía. Todo esto pasó aparentemente entre las
10 de la noche y las 3 de la madrugada. Lo que comenzaba a no encajar era la
declaración de los amigos de Pablo, que aseguraron haber visto a los hermanos
en la fiesta y que no parecían peleados en absoluto. Dijeron también que se
fueron del lugar a las 2 a .m.
aproximadamente. Los vecinos afirmaban que lo único extraño que notaron durante
ese período de tiempo fue el comportamiento del usualmente tranquilo Rocco, el
perro de la familia, que estuvo ladrando durante un buen rato. Las señoras
calcularon que el animal las despertó cerca de las 2:30 a.m. y se calmó después
de unos quince minutos. Declararon que “el perro no ladraba como... enojado”.
Ni
siquiera tenían un sospechoso. Los habían descartado a todos. Los vecinos, los
amigos de Pablo, los padres, nada faltaba como para que fuera
un robo... Incluso habían sopesado la posibilidad de un pacto suicida, pero no
cuadraba con los indicios que poseían. Todos habían sido interrogados y las
opciones, consideradas.
Inmerso
estaba en éstas cavilaciones, cuando algo llamó la atención del detective
Gutiérrez. Se dirigió a uno de los encargados de examinar la casa en primer
lugar y preguntó: “Pérez, óigame, ¿había un vaso usado en alguna parte del
living o la cocina?”. El hombre pensó unos segundos y respondió: “No, de eso
nada. Todos estaban guardados en el mueble junto el resto de la vajilla”. El
detective ató cabos y salió a paso rápido de la casa, directo hacia la de en
frente. La familia estaba merendando, Valentina provisionalmente con ellos
mientras su casa era analizada. Gutiérrez la miró y abrió la boca para hablar
pero ella lo interrumpió: “Está bien, confieso. Fui yo”.
Hubo
bastante revuelo en el pequeño barrio por el descubrimiento. Valentina era muy
querida por todos al igual que sus hermanos. Ella explicó: “Carolina sólo era
tres años mayor que yo. Ella le insistió a mi hermano para ir a esa fiesta
diciéndole que iba a haber más chicas, que él confiaba en esa gente y no le
iban a hacer nada, que no se iba a mover de su lado, y todas esas cosas. Él
aceptó con las condiciones normales como que tenga cuidado, que si alguien le
ofrecía un trago no se lo aceptara, que no se fuera de su vista, etcétera. Yo
también quería ir, no soy una nenita para que me dejen en casa aburriéndome
como una bol... ostra. Casi les rogué, pero Pablo no me dejó. Me dijo que al
día siguiente me iba a llevar a tomar un helado. Que dentro de unos años más me
llevaría a un montón de fiestas. Había tiempo para eso. Carolina se burló de mí
sin que él la viera. Ella y yo nunca nos llevamos bien. Nos odiábamos. Cuando
volvieron yo todavía estaba enojada y discutimos. Carolina me dijo que todavía
era una pendeja para salir y yo le dije que ella no era ni tan responsable como
para ir a alguna fiesta y no emborracharse. Pablo trataba de calmarnos porque
ya estábamos gritando. Ella me dijo que yo no debería haber nacido, que le
había arruinado la vida y que nadie me quería. Ahí sí que me descontrolé. Estaba
furiosa y cansada de Carolina. Fui a la cocina y agarré el cuchillo. Ellos
pensaban que me había ido a mi cuarto porque cuando volví al living estaban
sentados en el sofá hablando, parecía que Pablo estaba enojado con Carolina.
Supongo que por lo que me había dicho ella. La tiré al piso y traté de clavarle
el cuchillo pero Pablo me agarró de atrás. Él estaba muy borracho así que
cuando lo empujé se tropezó con el sofá y se dio la cabeza contra la mesa que
estaba atrás. Yo no quería lastimarlo. El siempre me defendía de Carolina, de
mamá y papá, de todos. Él no era como mi hermana. Cuando reaccioné estaba casi
por explotar. Carolina todavía estaba en el piso tratando de levantarse de lo
borracha que estaba. Ella me hizo matarlo. Si no hubiera dicho eso yo no me
hubiera enojado. La odié más que nunca. Me puse encima de ella y la maté”.
Valentina salió al patio de la casa para enterrar el cuchillo en el patio y
lavarse la sangre con la manguera. Ella no quería manchar el baño. Por eso las
vecinas que se despertaron escucharon a Rocco ladrar no enojado. Y así quedó todo resuelto con ningún vaso que llenar
en la cocina. “Se lo merecía”, agregó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

