lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Libre?

 No siento las piernas. Jadeo por aire. Mis pulmones y garganta arden. Corre, corre, corre. Me mantengo pensando. Sólo tengo que correr. Aún cuando tengo barro hasta las rodillas, cuando estoy a campo abierto convirtiéndome en un blanco fácil, cuando mi corazón va a explotar en cualquier momento. Los árboles me ofrecerían protección si me internara en el bosque que se extiende a los lados del sendero por el que corro. Pero mi misión es seguir el sendero. Síguelo, síguelo, síguelo. La lluvia me cubre como una manta y el viento me congela el cuerpo bajo la ropa mojada. La niebla es densa y no veo mucho más allá de donde estoy. Los dientes me tiritan violentamente. Adrenalina pura corre por mis venas y me ayuda a no caer directamente en el barro. Entonces pienso que un poco de molestia en todo mi cuerpo o un resfriado valen la pena por salvar mi vida, ¿cierto? Escucho algunos gritos y chapoteos apurados sobre el lodo. Detrás de mí. Corre, corre, corre. No mires atrás, no mires atrás. Es el sonido de mi corazón. Lo que escucho es el sonido de mi corazón. Bum, bum, bum. El sendero gira a la izquierda tres metros adelante. Si sigo derecho me encuentro un acantilado. Lo sé. Reconozco la zona. Seguir el sendero, seguir el sendero. Hay un río debajo. "¡Detente!". No escuches, no escuches. Es el latido de mi corazón. Bum, bum, bum. Saco mi arma del cinturón, giro mi torso y disparo sin ver. No es que pudiera si lo intentara, la niebla me lo impide. Corro. Acelero, o eso le ordeno a mis piernas. "¡Detente!". Bum, bum, bum. Más voces. Bum, bum, bum. Debo cumplir la maldita misión. Grito, más fuerte que las voces, más fuerte que el latido de mi corazón, más fuerte que el viento en mis oídos, más fuerte que los truenos que retumban en el cielo. Corre, corre, corre. Llega la recta final, pocos pasos hasta el giro. Bum, bum, bum. Derechito y rápido. Bum, bum, bum...


domingo, 8 de diciembre de 2013

Qué bonita es la familia

El siguiente relato es una tarea que me pidieron hace un tiempo para la escuela. Algo tenía que subir así que supongo que esto está bien.

Qué bonita es la familia

 Nadie podía creer lo absurdo de la situación. Todo un equipo dedicándose al caso y aún no descubrían al criminal.
 Los jóvenes Pablo y Carolina Fuentes, de diecinueve y dieciséis años respectivamente, habían sido asesinados en la tranquilidad de su hogar durante la madrugada de un miércoles nublado, mientras sus padres estaban de viaje. Quien llamó a la policía fue su hermana menor de trece años, Valentina.
 El investigador a cargo, el detective Gutiérrez, pasaba sus tardes en la escena del crimen, el living. Buscaba nuevas pistas y revisaba los datos ya existentes. Nada faltaba o estaba fuera de lugar en la casa cuando llegaron. Pablo estaba semi-sentado apoyado en una de las paredes del lugar con su cabeza ensangrentada, y Carolina estaba tirada entre el televisor y el sofá con tres heridas de cuchillo en el abdomen. En el borde de la mesa rectangular ubicada en el centro de la habitación había una mancha de sangre perteneciente a Pablo. Suponían que luego de haberse golpeado (o de que lo hayan golpeado) contra la mesa, se había arrastrado hasta la pared, tal vez en un intento de levantarse y defenderse. Ambos individuos estaban borrachos. La hermana menor testificó que habían estado discutiendo porque Carolina quería ir a una fiesta que él había organizado con sus amigos. Valentina bajó para pedirles que dejaran de gritar y volvió a su habitación a dormir. Algunas horas después, cuando fue a la cocina con un vaso para llenar con agua, pasó por el living y vio el desastre. Ese fue el momento en el que llamó a la policía. Todo esto pasó aparentemente entre las 10 de la noche y las 3 de la madrugada. Lo que comenzaba a no encajar era la declaración de los amigos de Pablo, que aseguraron haber visto a los hermanos en la fiesta y que no parecían peleados en absoluto. Dijeron también que se fueron del lugar a las 2 a.m. aproximadamente. Los vecinos afirmaban que lo único extraño que notaron durante ese período de tiempo fue el comportamiento del usualmente tranquilo Rocco, el perro de la familia, que estuvo ladrando durante un buen rato. Las señoras calcularon que el animal las despertó cerca de las 2:30 a.m. y se calmó después de unos quince minutos. Declararon que “el perro no ladraba como... enojado”.
 Ni siquiera tenían un sospechoso. Los habían descartado a todos. Los vecinos, los amigos de Pablo, los padres, nada faltaba como para que fuera un robo... Incluso habían sopesado la posibilidad de un pacto suicida, pero no cuadraba con los indicios que poseían. Todos habían sido interrogados y las opciones, consideradas.
 Inmerso estaba en éstas cavilaciones, cuando algo llamó la atención del detective Gutiérrez. Se dirigió a uno de los encargados de examinar la casa en primer lugar y preguntó: “Pérez, óigame, ¿había un vaso usado en alguna parte del living o la cocina?”. El hombre pensó unos segundos y respondió: “No, de eso nada. Todos estaban guardados en el mueble junto el resto de la vajilla”. El detective ató cabos y salió a paso rápido de la casa, directo hacia la de en frente. La familia estaba merendando, Valentina provisionalmente con ellos mientras su casa era analizada. Gutiérrez la miró y abrió la boca para hablar pero ella lo interrumpió: “Está bien, confieso. Fui yo”.
 Hubo bastante revuelo en el pequeño barrio por el descubrimiento. Valentina era muy querida por todos al igual que sus hermanos. Ella explicó: “Carolina sólo era tres años mayor que yo. Ella le insistió a mi hermano para ir a esa fiesta diciéndole que iba a haber más chicas, que él confiaba en esa gente y no le iban a hacer nada, que no se iba a mover de su lado, y todas esas cosas. Él aceptó con las condiciones normales como que tenga cuidado, que si alguien le ofrecía un trago no se lo aceptara, que no se fuera de su vista, etcétera. Yo también quería ir, no soy una nenita para que me dejen en casa aburriéndome como una bol... ostra. Casi les rogué, pero Pablo no me dejó. Me dijo que al día siguiente me iba a llevar a tomar un helado. Que dentro de unos años más me llevaría a un montón de fiestas. Había tiempo para eso. Carolina se burló de mí sin que él la viera. Ella y yo nunca nos llevamos bien. Nos odiábamos. Cuando volvieron yo todavía estaba enojada y discutimos. Carolina me dijo que todavía era una pendeja para salir y yo le dije que ella no era ni tan responsable como para ir a alguna fiesta y no emborracharse. Pablo trataba de calmarnos porque ya estábamos gritando. Ella me dijo que yo no debería haber nacido, que le había arruinado la vida y que nadie me quería. Ahí sí que me descontrolé. Estaba furiosa y cansada de Carolina. Fui a la cocina y agarré el cuchillo. Ellos pensaban que me había ido a mi cuarto porque cuando volví al living estaban sentados en el sofá hablando, parecía que Pablo estaba enojado con Carolina. Supongo que por lo que me había dicho ella. La tiré al piso y traté de clavarle el cuchillo pero Pablo me agarró de atrás. Él estaba muy borracho así que cuando lo empujé se tropezó con el sofá y se dio la cabeza contra la mesa que estaba atrás. Yo no quería lastimarlo. El siempre me defendía de Carolina, de mamá y papá, de todos. Él no era como mi hermana. Cuando reaccioné estaba casi por explotar. Carolina todavía estaba en el piso tratando de levantarse de lo borracha que estaba. Ella me hizo matarlo. Si no hubiera dicho eso yo no me hubiera enojado. La odié más que nunca. Me puse encima de ella y la maté”. Valentina salió al patio de la casa para enterrar el cuchillo en el patio y lavarse la sangre con la manguera. Ella no quería manchar el baño. Por eso las vecinas que se despertaron escucharon a Rocco ladrar no enojado. Y así quedó todo resuelto con ningún vaso que llenar en la cocina. “Se lo merecía”, agregó.

FIN